Dioses...
Un flashazo de inspiración para crear a dos nuevos personajes, cuyo único fin es chingar y joder XD.
Acá tenemos a dos mujeres, gemelas... unas fieras, unas predadoras, y hostigadoras, cuyo único fin es hacer que la mujer que las creó en su esquizofrénica mente, admita y tome el valor de aceptar su homosexualidad como tal.
Cómo podrán ver, sus actitudes parecen develar mucho de sus intenciones, que aunque no son lo que aparentan, su fin es el hacer que su dueña se supere y crezca, madure y salga al mundo sin remordimiento alguno.
La de la izquierda la han llamado Julia, su aire de dandy la hace encantadora y su elegancia hace que su dueña le diga sí en todo XD.
La de la derecha es Layla. A diferencia de su gemela, ella lleva el pelo más largo y femenino, pero a su vez eso la hace verse más masculina y ella es la fuerte y la que prácticamente somete a su dueña a recapacitar y a expandirse mentalmente.
Ambas son temperamentalmente agresivas, con iniciativa, atrevidas y descaradamente sinceras.
son el tipo de personas que te agradan por no guardarse nada y que no tienen problemas para decirte en donde la estas cagando. Son frías y son mujeres absolutas y autoritarias, pero no son para nada dulces o maternales. Es una mezcla de la masculinidad orgullosa y el domino femenino, sin llegar a ser unas feministas estúpidas. y podría decirse que incluso son un poco machistas XD o más bien usan el machismo a su favor.
Son unas Mistress... no unas vampirezas =P.
Por ahora no tengo el diseño de la chica que las tiene dentro de su cabeza, a la que torturan constantemente con verdades dolorosas.
Y curiosamente, hace poco, después de haberlas dibujado, me puse a buscar imágenes de una modelo llamada Linda Evangelista. Esta modelo ha sido mi favorita durante AÑOS. Su porte elegante y sus características faciales algo abstractas la hacen para mí, la mujer mas bella del mundo. Es absolutamente camaleónica y una de las cosas que más me gusta de ella es el hecho de que muchas de sus fotos y apariciones, han sido un despliegue de masculinidad increibles.
Y buscando y buscando, encontré ésto:

¿No es absolutamente enigmática?
Es idéntica al personaje de Layla y como estás fotos, encontré otras muchas mñas donde Linda Evangelista deja ver ese lado masculino y elegante que la hace ser lo que es: Una de las super top models del mundo. La Top, de las Tops y parte de la triada divina del mundo de la moda.
Un flashazo de inspiración para crear a dos nuevos personajes, cuyo único fin es chingar y joder XD.
Acá tenemos a dos mujeres, gemelas... unas fieras, unas predadoras, y hostigadoras, cuyo único fin es hacer que la mujer que las creó en su esquizofrénica mente, admita y tome el valor de aceptar su homosexualidad como tal.
Cómo podrán ver, sus actitudes parecen develar mucho de sus intenciones, que aunque no son lo que aparentan, su fin es el hacer que su dueña se supere y crezca, madure y salga al mundo sin remordimiento alguno.La de la izquierda la han llamado Julia, su aire de dandy la hace encantadora y su elegancia hace que su dueña le diga sí en todo XD.
La de la derecha es Layla. A diferencia de su gemela, ella lleva el pelo más largo y femenino, pero a su vez eso la hace verse más masculina y ella es la fuerte y la que prácticamente somete a su dueña a recapacitar y a expandirse mentalmente.
Ambas son temperamentalmente agresivas, con iniciativa, atrevidas y descaradamente sinceras.
son el tipo de personas que te agradan por no guardarse nada y que no tienen problemas para decirte en donde la estas cagando. Son frías y son mujeres absolutas y autoritarias, pero no son para nada dulces o maternales. Es una mezcla de la masculinidad orgullosa y el domino femenino, sin llegar a ser unas feministas estúpidas. y podría decirse que incluso son un poco machistas XD o más bien usan el machismo a su favor.
Son unas Mistress... no unas vampirezas =P.
Por ahora no tengo el diseño de la chica que las tiene dentro de su cabeza, a la que torturan constantemente con verdades dolorosas.
Y curiosamente, hace poco, después de haberlas dibujado, me puse a buscar imágenes de una modelo llamada Linda Evangelista. Esta modelo ha sido mi favorita durante AÑOS. Su porte elegante y sus características faciales algo abstractas la hacen para mí, la mujer mas bella del mundo. Es absolutamente camaleónica y una de las cosas que más me gusta de ella es el hecho de que muchas de sus fotos y apariciones, han sido un despliegue de masculinidad increibles.
Y buscando y buscando, encontré ésto:

¿No es absolutamente enigmática?
Es idéntica al personaje de Layla y como estás fotos, encontré otras muchas mñas donde Linda Evangelista deja ver ese lado masculino y elegante que la hace ser lo que es: Una de las super top models del mundo. La Top, de las Tops y parte de la triada divina del mundo de la moda.
| Hipocresía Saori & Deathmask | |
Aquí yace el señor de la Muerte, el amo de las Puertas Infernales. Rey de Yomotzu. Aquí yace sentado, envuelto en su armadura dorada que ha vuelto a él, una vez más, después de ser vuelto a la vida, “una vez más”, por piedad de una diosa. Una diosa hipócrita. Recorro con la mirada mi templo, el que alguna vez fue museo y exponente de mi negro corazón. El que alguna vez fue el Santuario del poder de nigromante y bastión de la catástrofe. La casa de Cáncer. Y ahora se presenta purificada, limpia y con el aire impregnado de una calidez falsa. El cosmos de Atena nos acaricia ahora como si con eso fuera a aplacar el llanto de Afrodita, la furia de Leo o mi odio. Pero seamos sinceros. ¿A qué regresamos? Si Atena tiene a sus caballeros favoritos junto a ella. A esos bastardos Caballeros de Bronce que vinieron y arruinaron todo la primera vez. Admito que en aquel tiempo, yo era un maldito mal nacido que gozaba del poder que el Patriarca me había otorgado, sin saber si Atena estaba o no en el Santuario. Que me gustaba fanfarronear y mostrar despliegues de poder mortal a quien se me cruzara en frente. ¡Deshonré a la orden dorada! ¡No me importaba! Tenía poder y era el emperador de lo mío. Era egoísta... Y estaba equivocado. Revivir me dio una lección importante y la aprendí. Y vine al Santuario, actuando como lo que solía ser, junto con Afrodita con el plan secreto de salvar a Atena ¿Y luego para qué? Para que nos dejara morir como la primera vez y proteger a sus caballeritos consentidos. Los de Bronce. Y nosotros de imbéciles sacrificándonos por ella. ¿¡Qué recompensa recibí al final!? ¡Otra fría y humillante muerte! Me levanto de golpe, ondeando mi capa por el aire que se cuela entre mis piernas y la hace moverse tras de mí mientras me dirijo a subir las escaleras y atender el llamado de mi señora. Uno a uno ha estado llamándonos para una entrevista que sólo es una pérdida de tiempo. Quiere saber como estamos y si nos sentimos contentos con la nueva vida que nos ha dado. Cuanta hipocresía reina en éste lugar. Todos dicen lo que ella quiere escuchar, porque es la diosa. Porque nos dio una nueva oportunidad. Sí. Otra oportunidad de morir de nuevo cuando se le antoje. Me cruzo con Aioria que viene regresando del Templo del Patriarca donde Atena ocupa el trono. Luce devastado como todos aquí. El aire impregnado de tristeza, y la apatía circula por cada templo, incluyendo el de Virgo, cuya armonía rara vez se ve alterada. Todos tratan de aparentar que todo está bien, pero se les nota en los hombros y en la mirada que están melancólicos. Pero yo no. Yo estoy FURIOSO. Y no pienso disimularlo. Al final llego a los aposentos de la diosa, y entro cuando las puertas se abren. Camino seguro y me postro ante ella que viste aquel sutil vestido blanco que resalta sus formas femeninas a pesar de su corta edad. Debo admitir que su sensualidad me aturde. – Levántate, Máscara de Muerte. – Me dice mientras me examina con sus ojos inocentes, tratando de adivinar el porqué luzco tan irritado. Me levanto y la cabeza también, con arrogancia. Ella me mira con esa preocupación falsa, tratando de chantajearme con su rostro angelical para que cambie mi actitud y me muestre solícito para con ella. Pero se equivoca. Yo no soy tan hipócrita después de todo, como ella lo es con todos. – He atendido a su llamado, señora mía. – – Así es, Máscara de Muerte. ¿No tienes otro nombre por el cual llamarte? El tuyo me inquieta... – – No, mi señora. – Respondo en seco. Ahora me querrá cambiar de nombre. – Ah... – Veo que le incomoda mi actitud y no puede mirarme directamente. Después de todo es humana. – Te llamé para que hablemos un poco. Como verás, he estado llamando a cada uno de ustedes para que me digan cómo se sienten, o si les falta algo. Así podremos... – – Sé a lo que me ha llamado señora y si me pide mi opinión, creo que no le gustará escuchar lo que tengo que decir. – Atena se queda callada al verme interrumpirle así y se incomoda más, tragando saliva y tratando de adivinar el porqué de mi actitud. – ¿Estás enojado? – – Como no tiene idea, mi señora. – – ¿Por qué? – – Porque nadie me preguntó si quería regresar a la vida. Y fui devuelto a lo mismo. Y esta vez estoy llevando la cuenta de los días que voy a vivir sin una retribución a lo que hago. – – Máscara de Muerte. Creí que regresarte a la vida sería suficiente para saldar la deuda que tengo contigo por tu servicio durante la batalla con Hades. – – Una vida perdida no logra saldarse con nada, mi señora. Eso lo sé mejor que nadie, pues mis deudas son grandes. Recuerde quien era, cuando usted estaba ausente. – – Eras un monstruo. – Dice de pronto para hacer frente a mi osada plática y luego baja la cara, apenada por dejarse llevar de esa manera. Entrecierro los ojos mirándola acusadoramente. No era ella suficiente para acusarme de aquello. – Y me arrepentí. Y di todo por salvarla cuando la oportunidad se presentó. Pero claro... Yo, el “Monstruo” no era digno de que me miraras siquiera, y nos dejaste morir de nuevo y por tus caballeros de bronce, hiciste todo lo que pudiste para mantenerlos vivos. En especial a Pegaso. Y ahora me arrepiento de haber sacrificado esa segunda oportunidad por ti, mi diosa. – – Entiendo. – Dijo, fingiendo angustia. No. No entendía. Se jactaba de ser una diosa comprensiva y llena de amor. Se equivocan. – No tengo opción. Mis servicios serán fieles, pero no por eso me haré llamar devoto a ti. – Y ella me mira, sorprendida por mi descaro. – No se haga a la sorprendida. Ambos sabemos que la única hipócrita aquí, es usted. – Y aquello la hace levantarse del trono y caminar hacia mí con su báculo de Nikè. ¿Viene a amenazarme? No. Al menos tiene la osadía de callarme la boca con una bofetada bien puesta. Pero no me dice nada. Sabe que digo la verdad. – No te llamé para que vinieras a faltarme al respeto. – – No le pedí que me trajera a la vida para arrojarme a sus pies y la amara como toda esa bola de hipócritas dicen que lo hacen. Por respeto a usted, le soy sincero. La detesto. – Ella me mira con ojos brillantes y una mueca de disgusto y tristeza. Que uno de sus caballeros le diga eso, cuando debía de estar agradecido con ella, la hace sentir mal. – Perdóname si te hice algún daño, Máscara de Muerte. – – Ya está hecho, y pedir disculpas no arreglará nada. – – ¿Con qué puedo retribuirte? – – ... – No me esperaba que me quisiera demostrar algo. ¿Ahora que quiere? A fuerzas quiere que todos la amemos y nos tiremos al suelo por ella y nos abramos los vientres si ella nos lo pidiera. – Deja de ser hipócrita, Saori. Nosotros nunca figuraremos como tus favoritos. Yo nunca seré tan adorado como lo es Pegaso. Tu estima hacia mí es nula. Eso jamás cambiará. – – ¿Tú que sabes de mi estima hacia Pegaso? – – Mucho, mi señora y por eso mi enojo contra usted. – Se sonroja y retrocede lentamente. No esperaba nada de esto y yo no cambio mi actitud. – Creí que resucitándolos, tendrían otra oportunidad para ser felices. – – Y cada vez que resucitamos, nuestras vidas se hacen mas baratas. – Le digo y ella levanta la mirada entristecida, porque sabe que tengo mas razón de la que llegó a pensar. – No tenía idea de que pudiera hacerte daño. Creí que podía darte una nueva vida y empezar de nuevo. – Me dijo con voz llorosa mientras yo la miraba aún con ese aire de Inquisidor como al principio. Pero sus manos se levantaron y se posaron contra mis mejillas, atrayéndome para darme un beso en la mejilla. ¿Más hipocresía? ¡ABSURDA Y DESCARADA MUJER! La sujeté de los brazos con fuerza y la aparté de aquel beso, pero no de mi cuerpo. Ella se quejó por mis manos fuertes que la apresaban, y exhalé fuerte cuando noté su cuerpo de mujer estremecerse de esa manera. La miré tentativamente, bajando de sus ojos brillantes a su cuello y de ahí a su escote, donde ese par de senos se conjugaban oprimidos por mis manos que apretaban sus brazos. – ¿Quiere retribuirme, mi señora? – Pregunté mientras dejaba ver una sonrisa de lado, dejando en claro mis intenciones para con ella, no como diosa, si no como mujer. Recibí otra bofetada a cambio, pero en mi tierra esa era una manera de dejar en claro que aunque se nieguen, lo deseaban. Muy profundamente lo deseaban. Y con ese trato rudo de mi carácter la hice retroceder hasta su trono, donde le di la vuelta y la sujeté de la cintura con el brazo y con el otro bajé la mano para levantarle la falda y acariciar sus torneados muslos. – He aquí mi devoción sincera, mi diosa... La devoción de un hombre que la desea como la mujer que es. – – ¡Qué atrevimiento es éste, Mascara de Muerte! – Gritó al verse rebajada por un mortal que la tocaba sin pudor alguno. – ¡Detente! – – Deténgame si tanto le desagrada... – Susurré contra su cuello, donde mi nariz se había hundido en su cabello mientras mi mano iba subiendo cada vez mas por su pierna, hasta meterla entre ellas. Pero no encontré oposición y menos cuando la mano que sostenía fuertemente su cintura, subía hasta su pecho y acariciar aquel escote, donde la forma de sus senos me apretaban el dorso. La sentí temblar y no niego que yo también lo hice. Y mas cuando mi mano se metió en aquel escote, abarcando uno de sus senos, para apretarlo. La oí jadear levemente. La armadura era tan solo un estorbo ahora y pronto, la arrastré, llevándola detrás del trono de la Diosa para traspasar las cortinas y ahí, desembocar completamente esa furia que tenía contra su cuerpo, canalizándolo en deseo. Bajé los tirantes de su vestido blanco para descubrirle el pecho, el cual me incliné a besar, apretar con ambas manos, morder y presionar. Al cuello atacarlo como un predador a su víctima y su intimidad, intocable aún, sentirla fluir en deseos como yo me sentía a punto de explotar. No encontré mas oposición que sus labios negándome sus besos. Besos que finalmente llegaban con una mordida y un gemido excitados por el arranque apasionado. Hasta que tanteando la pared detrás de la cortina, encontré la puerta de sus aposentos. Abrí aquella puerta y la empujé dentro. Huyó de mis brazos momentáneamente para hacerse a la víctima y actuar su papel de sufrida. Mientras tanto, yo me despojé de la armadura y la ropa que me cubría. Escandalizada por mi desnudez dejó derramar lágrimas, sabiendo que si no usaba su poder de diosa, no iba a detenerme. Y no lo iba a hacer. De nuevo la jalé de los brazos para atraerla una vez mas, disfrutando de la visión de su torso desnudo y sus abultados senos moviéndose ante la brusquedad de mi trato. El ataque de mis besos que recorrieron de nuevo su cuerpo, la hicieron desistir de su negativa y esta vez, fueron sus piernas las que descubrí con las manos, apretando sus muslos, para enredarla a mi cintura. Jugué con la prenda interior, deslizando mis dedos sobre ésta, notando la humedad abundante que ya la manchaba y presioné más contra la fuente de su excitación para verla derretirse entre mis brazos mientras mi boca engullía uno de sus pezones con una fuerte succión que dejaría marca. Y ella tenía miedo de tocarme. Se asustaba cada que sentía mi sexo pegarse contra sus muslos y lloriqueaba, pero mientras más lo hacía, más sentía las ganas de penetrarla fuerte. Pero estaba decidido a que no sintiera miedo. Tomé su mano con fuerza y la jalé para llevarla a que me tocara. Cerró la mano para no sentirlo, pero me las arreglé para que la abriera y cerrara sus dedos contra mi pene. Ella ocultó su cara contra mi pecho, pero con paciencia le hice que fuera reconociendo cada detalle, hasta que sus dedos solos se movieron, buscando donde tocar par darme placer. Empujé mas su mano hacia mis testículos y el mismo temor se apoderó de ella. Todo era nuevo e inexplorado para ella. ¿Hasta donde habría llegado Pegaso? Esperaba que no muy lejos. Quería que cuando menos valiera la pena haber regresado a la vida para desvirgar a una diosa. Con eso me daría por bien servido. Pero su pudor la hizo detenerse y rogarme que no la obligara a aquello. Y su rostro ardía en un rubor salvaje que me hacía inspirarme aún mas a tomarla por la fuerza y sin hacer caso a sus súplicas, bajé de nuevo la mano a esa prenda húmeda bajo las amplias faldas de su vestido. Sus muslos se había humedecido igual, pero no lo suficiente como mis dedos deseaban sentirse húmedos. Acaricié en medio de la prenda, presionando cada vez mas fuerte mientras ella intentaba apartar mi mano y la resistencia de su prenda me hartó pronto. Jalé con un dedo la tela para hacerla a un lado y con el dedo medio, hice contacto con sus labios carnosos y mojados. Solté un gemido ante la delicia de sentir mis dedos hundirse entre ellos y a la diosa gemir mas alto y agudo aún. Si así se sentía meter los dedos en ella, penetrarla debía ser alcanzar el verdadero cielo, la gloria entera. Tapé su boca, cuando sus gritos se hicieron mas fuertes por lo que sentía y trataba de calmarla, sin sacar mis dedos y moverlos fuertes contra ella mientras la humedad se hacía mas espesa. Y no fue hasta que cansada, dejó de batallar y cedió, apretando mi brazo con sus delicadas manos mientras seguía moviéndolo, con tres dedos dentro de ella y escuchándola gemir despacio contra mi mano. Besaba su cuello y cuando destapé su boca fue para volver a apretarle esos senos frondosos de pezones rosas que brillaban por el sudor que los cubría. Cayó desfallecida en la cama y a ese cansancio le vi la ventaja perfecta para levantarle las piernas y el vestido y colocarme sobre ella mientras se cubría pudorosamente los senos. Iba a hacerlo. Iba a tomarla ahora que estaba débil y no opondría mas resistencia, pero sus ojos me miraban suplicantes y me hizo dudar. Parecían indagar en lo profundo de mi cabeza y buscar y remover hasta empezar a verme vulnerable ante ella. Era una niña a punto de hacerla mujer. No. La diosa no impedirá que reclame lo que ya me pertenece por haber llegado hasta esto. La sujeté del brazo y la volteé, encontrando que su falda era aún mas estorbo que cuando la tenía de frente y terminé por romperla para dejar visible su espalda y luego la prenda interior para que me dejara ver sus glúteos blancos, hermosos tanto como sus senos. La levanté de la cintura para pegarla a mi pelvis y llevar mi pene hasta sentir esa humedad tibia. La diosa gritó de dolor cuando empecé a penetrarla. Quizás era demasiado grande para ella, sin contar que era el primero y me estaba llevando su virginidad. Sus manos quisieron oponer una última resistencia, y como pudo levantó su cuerpo de la cama, hasta quedar de a cuatro y giró medio cuerpo para llevar una mano a mi pecho y tratar de empujarme, arañándome mientras yo la jalaba mas hacia mí y me empujaba, rompiendo finalmente con esa tenaz resistencia y hundiéndome completamente en ella. Ambos gemimos, entre el dolor y el placer. Ella se dejó caer contra la cama y yo sobre ella, apoyándome contra la cama mientras empujaba mas fuerte mi cadera contra sus glúteos. Mantenía los ojos cerrados y las manos juntas en una actitud de víctima que solo la hacía mas deseable. Le hice levantar una pierna para empujarme mas profundo, sujetándola del vientre mientras ella solo se dejaba caer, poniendo el peso de su cuerpo en contra de mis deseos. Pero que inútilmente intentaba frustrar mis acciones. La solté y saqué mi pene de ella para volver a voltearla y esta vez, penetrarla de frente. Entonces abrió los ojos y me miró, con esos mismos ojos suplicantes, como al principio, pero no me tenté el corazón ni vacilé en el acto que ya había comenzado. La hice levantar la cadera y me moví fuerte sobre ella, haciendo que la cama de la diosa rechinara y al mismo tiempo, ver su cuerpo divino moverse a mi mandato. Sus senos brincando ante la inercia de mis golpes de cadera. Y mientras lo hacía, volvía a atacar sus senos con mi boca, deseando que si moría de nuevo, lo hiciera con el rostro hundido en la feminidad de la diosa que sedosa y suave, me daba el privilegio de tenerla. ¿Privilegio? ¿Ahora pensaba que era un privilegio? ¡Era mi derecho! Si iba a morir de nuevo por ella, al menos que valiera la pena que me entregara todo a cambio. Su cuerpo, su mente, su corazón. Con eso dejaría de hacer mi vida, tan barata como hasta ahora ha sido. Y el orgasmo me llegó repentinamente, logrando salir de ella antes de correrme dentro y eyacular sobre sus blancas crinolinas de aquella falda de blanco puro. El resto fue irreal. Me senté al borde de la cama y Atena solo respiraba agitada, resignada aparentemente y entendí que su acto nuevamente había sido hipócrita. No lo deseaba pero dejó que continuara por creer que me lo debía. Pero ahora lo consideraba insuficiente. Sin embargo, el solo hecho de satisfacer una necesidad física me dio ánimos a levantar con soberbia la cabeza, una vez mas. Finalmente me levanté, llamé mi armadura para vestirme de nuevo y salir del recinto sagrado, no con la expresión de enojo con la que había llegado, si no con una sonrisa triunfal y satisfecha. Y por cada casa que pasaba y notaba a sus dueños, afligidos y derrotados, sentía que mi ego se elevaba y mi superioridad sobre ellos crecía. La arrogancia ahora estaba justificada, sin que ellos supieran porqué. Esa misma tarde, vi pasar a Aldebarán y a Mu, momentos después y regresar con rostros preocupados. Nada parecía cambiar con ellos y dudaba que lo hicieran. Estaban pasando lo mismo que los demás caballeros de la orden. No encontraban sentido a su nueva vida. Esa misma noche, después de toda esa jornada, de verles pasar uno por uno y regresar sin cambio alguno, recibí una visita inesperada. Me sacó del sueño, de mi ensayo usual de la muerte sobre mi cama y la sentí entrar a mi recinto. Se deslizó en mi cama, haciendo que me levantara, para notar su silueta entre las sombras. Dejar caer su vestido y venir hacia mí, donde no le negué espacio entre mis sábanas, para hacerle, nuevamente, llegar al éxtasis. | |
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FanFics,
Saint Seiya
Decapitado.
Pandora x Radamanthys.
Radamanthys...
No hay hombre en este mundo o en el otro que se asemeje a él.
Porte, elegancia, seriedad, inteligencia, severidad. Todo don positivo, usado para el beneficio de un mundo decadente. El averno del Hades.
Juez y verdugo, siempre alerta, siempre correcto. Nunca vacila, nunca duda de sus capacidades. Éste es el Wyvern, el ancestral Juez del Caina, puesto al servicio de Hades por el Olímpico Zeus mismo, junto a Minos y a Aiacos, el Triunvirato supremo y dirigido por el mismo Radamanthys.
No hay en este mundo y el otro, un hombre con la cabeza más fría y bien puesta sobre los hombros.
Pero incluso los hombres escogidos por los dioses, pueden terminar sin ella.
El retorno de Hades era un evento que todos, ansiosos, esperaban. Fue su compañía lo que nadie se imaginaba, que llegaría con el dios y mucho menos Radamanthys, que al verla la primera vez, le pareció tan fría y muerta como el mismo dios. Hermanos, y ella era su más fiel sirviente ahora.
Los jueces se vieron obligados a obedecer a una mujer, que Hades puso sobre todos.
Hermana, confidente, cómplice y posiblemente, amante.
Era el rumor que se esparcía por todo el Inframundo y por lo mismo, los Jueces se sentían rebajados y humillados, pero obligados a obedecer.
Los años pasados bajo las órdenes de Pandora fueron años aciagos. No había día en el que Radamanthys no maldijera su suerte y empezaba a perder los estribos al ver que una mujer le hacía perder el poder que tenía sobre los sirvientes de Hades.
Sin embargo, su cabeza seguía en su lugar y su mente continuaba lúcida. Y los años traían consigo al tiempo, que comenzaba a pesar la soledad del Wyvern. El whiskey le traía momentos de paz, en sus días más nefastos y al mismo tiempo le traía pensamientos que poco a poco le empezaban a abrir los ojos.
El whiskey le revelaba que no era la pérdida de autoridad sobre sus huestes lo que le exasperaba, era el no tener poder sobre Pandora, lo que comenzaba a hacerle perder la cabeza.
Frente a ella, sólo pensaba en complacer a su dios, pero frente al vaso de whiskey, Radamanthys sólo pensaba en complacerse a sí mismo con el cuerpo de Pandora.
Todo empezó con un desvarío de burla. Someterla para hacerle saber que era él, el hombre quien mandaba. Y aquel pensamiento se hizo recurrente y venía a él cuando se entaba en la socuridad de su estudio, en el Caina, a tomar su vaso de whiskey, frío por el hielo, que solo soltaba sus más profundos deseos.
Pandora hablaba de recompensas a los fieles y castigos a quienes se opusieran y Radamanthys, el más leal deseaba una recompensa que no le era posible obtener. A Pandora, para él solo.
Radamanthys se escandalizó cuando su mente lúcida tuvo aquel pensamiento estando sobrio y frente a ella.
En las noches despertaba sudando y agitado por la intensidad de sus sueños dónde él la violaba. No era pesadilla. El sueño en sí, era de lo más gratificante. La pesadilla era cuando despertaba y se encontraba solo en su habitación inmensa y completamente oscura.
La pesadilla era cuando se encontraba con ella y él aparentaba ser distante y marcial. Cuando frente a sus hermanos apretaba los puños ocultos bajo sus brazos cruzados al oirles referirse a Pandora como "La Perra de Cancerbero".
A ellos no les extrañaba que Radamanthys hiciera gestos con la boca. él siempre había sido así de mal encarado. Nadie notaba el cambio en él. Nadie se imaginaba y ni Radamathys quería hacerse a la idea de que se estaba enamorando de Pandora y de su frío caracter.
Era una tortura el pararse junto a ella y sentir su aroma, ver desde su altura el pronunciado escote que dejaba ver la unión de sus senos blancos y abultados que se movían provocativos cuando respiraba.
Por escasos segundos, Radamanthys cerraba los ojos para calmar su ansiedad, escuchando su voz aguda, susurrante, oyendo como pronunciaba su nombre para obtener de nuevo su completa atención.
Su cabeza ya no parecía estar tan firme sobre sus hombros, como antes. Pero al menos podía controlarse mientras no tuviera el whiskey encima.
Los sueños cambiaron. Ya no violaba a Pandora. Ahora era ella quien se ofrecía completamente a él. Era ella la que abrazaba su cintura con sus muslos, apretándolo contra su cuerpo y extendía sus brazos para sujetar su cuello y atraerlo hacia sus senos, estremeciéndose con lánguidos gemidos al sentir su boca contra la piel de la aureola que rodeaba sus pezones.
Entonces Radamanthys despertaba. Tragaba saliva pesadamente y descubría que sus manos ya no podían traerle paz en esos momentos nocturnos.
Se levantó esa noche, caminando por los pasillos del Caina, vestido con solo el pantalón de la pijama de satín negro, con la bata abierta hacia su estudio y fue directo a su botella de whiskey.
Tomó hasta que la cabeza se le despejó de preocupaciones, a liberarse de la represión y su rectitud, en la soledad que siempre le rodeaba.
Las puertas del Caina se abrieron de pronto, dejando entrar a un emisario. Pandora lo había mandado a buscar para hablar con él y Radamanthys se preguntó qué sería tan urgente que exigía audiencia a altas horas de la noche. Se colocó su armadura de Wyvern y se dirigió al castillo Helstein. Iba despreocupado, sin el característico gesto de concentración que tenía siempre. Esta noche tenía unas copas de más e inconsiente de lo que pudiera provocar.
Así llegó al castillo, entrando sin dejar que lo guíen o lo anunciaran, caminando directo a las habitaciones de Pandora. Ella esperaba a que le avisaran de su llegada para ir al salón principal a recibirlo y hablar del tema concerniente, pero le tomó por sorpresa, oír las puertas abrirse de golpe y cerrarse igual, mientras peinaba su largo cabello negro, viendo el reflejo de Radamanthys por su espejo y alertándole de su presencia detrás de ella.
Volteó sobre la silla de su tocador, con gesto inesperado por la repentina llegada y supuso que estaba enojado por sacarlo de Caina a media noche.
– Bienvenido, Radamanthys de Wyvern. Te mandé llamar, pero esperaba verte en la sala común. ¿Qué impulso te ha hecho venir hasta mis habitaciones? – preguntó, volteando de nuevo hacia su espejo, para terminar lo que hacía. Peinarse pacientemente.
– ¿Impulso? – Preguntó él, frunciendo el ceño. – Me llamaste y aquí estoy.–
– Venir hasta mis habitaciones, no es común. – Dejó el peine de marfil e incrustaciones de oro sobre el tocador y se levantó, dejando ver a Radamanthys que ella seguía con su batón de noche. Contuvo el aliento mientras le veía tomar la bata que cubría la transpariencia de su batón, dejándole ver en el proceso la abertura del primero y la pequeña prenda que llevaba puesta, de encaje negro como todo el conjunto. Pandora amarró el listón de su bata por delante y se aproximó a él, acomodando su largo cabello sobre su hombro para dejarlo caer hacia adelante, logrando que el Wyvern tenga de nuevo toda su atención en ella.
– Te llamé para confiarte una misión. tu lealtad hacia nuestro señor me impresiona y sólo por eso te considero digno y apto para lo que voy a encargarte. – Ella miró sus ojos fijamente, sin vacilar en ningún momento.
– Mi fidelidad tiene motivos lejos al amor hacia nuestro señor. – Confesó, logrando que Pandora vacilara y diera un paso hacia atrás mirándole cuestionante.
– ¡Insolente! – Exclamó con voz susurrante y mirándole con severidad. – ¡Tu respuesta no me complace! –
– ¡Estoy harto de complacerte con obediencia! – Sujetó el brazo de Pandora y esta intentó soltarse tan solo una vez. Sus ojos ahora denotaban sorpresa.
– ¡Has perdido la cabeza! - Esta vez, su voz perdió la cadencia de la solemnidad que siempre la acompañaba.
– Hace tiempo que ando sin ella... – Y dicho esto, la sujetó de la cintura sin pensar en las consecuencias y con su mano libre sujetó su mentón para levantar su rostro y examinarla a conciencia, deleitándose con su cálido aliento que exhalaba su boca y el olor que se desprendía de su pelo recién lavado.
– Yo soy el Juez del Caina... y yo mismo me he sentenciado a ser decapitado por mis deseos. – Dijo en voz baja y grave, sabiendo que Pandora podía escucharle claramente por la proximidad. Con eso dicho, acabó con el espacio que separaba sus rostros y la besó con intensidad. La pasión que por durante años fue ocultada bajo su yelmo, hoy se desbordaba en sus manos que recorrían la espalda y cintura de Pandora, deleitándose con el tacto de la seda contra sus dedos, sabiendo que bajo ella no había mas que su piel erizada. Estaba complacido de ver que no era rechazado, por lo que no se detuvo y continuó. – Tú hiciste que pierda la cabeza... – Susurró contra sus labios rojos y entreabiertos que exhalaban la calidéz que resguardaban.
Las manos de Pandora subieron por los brazos de Radamanthys, alejádose lentamente mientras deslizaba sas manos hacia las de él y lo jalaba suavmente hasta sentarlo sobre su cama. Le qutó el casco y las hombreras, ordenándole que se quitara el resto de la armadura y él obedeció.
Lo recostó a su lado, acariciando sus cabellos rubios, portándose dulce. Radamanthys encontró en su dulzura una paz más profunda de lo que su fiel whiskey le traía.
Lentamente desató el cinto de la bata y sus manos se colaron bajo ella, descubriendo su vientre y sus piernas, encontrando el encaje negro de su batón que aún cubría su pecho. Sus dedos se apretaban contra la piel blanca que se estremecía delicadamente al tacto de sus manos calientes. La atrajo más, hundiendo su rostro contra su pecho, besando sobre el encaje negro que la cubría aún.
Una de sus manos bajó por su cadera, acariciandola, apretando su muslo y haciendo que se flexionara para que su pierna se enredara contra su cintura.
Pandora dejó su cabello para bajar sus manos hasta su propio pecho, desatando los listones que ataban el encaje y descubrir su cuerpo, semidesnudo, siendo ahora, sólo la pequeña tanga lo que no dejaba ver su desnudéz completa.
Radamanthys la sujetó con mas fuerza, acercándose más para besar su largo y delgado cuello, sintiendo sus senos calientes, presionarse contra su cuello y su pecho. La suavidad de su cuerpo estremeciéndolo y los suspiros de aquella mujer le despertaban el deseo con más fuerza.
Pandora lo empujó hasta recostarlo boca arriba en la cama, montándose sobre él y pasando sus manos crispadas por el pecho, arañándolo suavemente, dejando que el peso de su cuerpo se concentrara sobre la cadera del Wyvern, excitándole con el calor de su entrepierna y los movimientos constantes que ella efectuaba sobre él.
Radamanthys era sirvient de Hades, pero era devoto de una sola diosa. Su diosa, su amor. Pandora.
Ella lo besaba. Su pecho, su vientre. Sus delgados dedos se deslizaban por su cuerpo mientras las manos de Radamanthys la apretaban de la cintura, haciendo que sus sexos se presionaran y se estimularan con rozes, aun cubiertos con las prendas que los ocultaban, aún.
Hasta que Radamanthys quiso más. La llevó de nuevo contra la cama y la besó con fuerza. El ímpetu de su pasión mientras ella comenzaba a jadear. Ella trató de responder igual, enredando sus dedos nuevamente en su pelo haciendo que Radamanthys bajara lentamente, beso por beso hasta su pecho, atrapando con sus dientes un pezón, mordiéndolo suavemente. Pandora musitó suavemente un gemido de placer y eso fue suficiente para animar a Radamanthys a continuar. Bajó la mano, acariviando el vientre de Pandora que se hundía por la respiración agitada y se detuvo hasta dejar su mano sobre el Monte Venus, apretándolo con fuerza. Ella reaccionó abriendo más las piernas y flexionándolas para dejar expuesta su entrepierna vestida aún de encaje negro.
Los dedos del Wyvern bajaron un poco más, presinando sobre el encaje, moviendo sus dedos de forma circular hasta que sintió la humedad brotar y humedecer el encaje.
Su boca se entretenía vigorozamente en su pecho, haciéndola arquearse y echar la cabeza hacia atrás.
Lentamente sus dedos se metieron bajo el encaje y tuvo contacto con el ardiente y húmedo sexo de Pandora, quien aumentó el volumen y el agudo de sus gemidos.
Poco a poco fue presionando, concentrándose en lo que sus dedos sentían al tacto hasta meterlos y moverlos. Pandora arañó su nuca y luego clavó sus uñas en sus hombros. Abrió aún mas las piernas, moviendose para que los dedos de Radamanthys entraran más profundo. Al verla desesperada, Radamanthys se reincorporó para abrir su pantalón y dejar salir su miembro, hinchado, rígido y completamente ansioso y dispuesto.
Pandora extendió los brazos para sujetar las manos de Radamanthys y guiarlas hasta la última prenda que la cubría, húmeda y desacomodada.
– Arráncalo... hnn... – Radamanthys tiró los extremos de la prenda hasta reventarlo y despojándola de su ropa por completo. Se acomodó entre sus piernas y Pandora misma estiró sus manos para sujetar y guiar el miembro de Radamanthys hacia la entrada, gimiendo de estremecimiento al sentirlo caliente y duro.
El Wyvern empujó con fuerza y gimió de placer, cerrando los ojos, mientras ella emitía un alarido lángudo por el dolor y el intenso placer que la envolvía.
– ¡Más duro! ¡AAH! – Pidió ella y Radamanthys volvió a empujar, apoyando sus manos contra la cama para poder impulsarse, concentrado la mirada enlos movimientos de cadera que Pandora efectuaba, irguiéndose para poder observar como la penetraba y ella se estremecía humedeciéndose más.
La observó perderse entre los orgasmos que le hacían sacudirse y arquearse, dejando una visión exuisita para Radamanths al ver como sus senos se movían al embestirla. Estiró una mano hasta aferrarse a uno de sus senos, sintiendo entre sus dedos el pezón endurecido a contraste de la carne que lo levantaba. Eran tan suaves y el pezón tan duro como su propio sexo que se movía dentro de ella con vigor.
Durante largos minutos que deseaba fueran interminables, estuvieron efectuando el coito y Radamanthys no daba señas de querer terminar.
La volteó y la penetró por atrás, dejando caer todo el peso de su enorme cuerpo contra ella, mordiendo su cuello para dejar su marca y sus manos apreptaban con más fuerza sus senos, de los que no se cansaba de tocar.
Como en sus sueños, éstos se mezclaban y podía sentir la furia y la intensidad que experimentó al soñar que la violaba, y al mismo tiempo sentía la paz y el gozo del sueño donde ella se entregaba por completo a él.
Entonces culminó cuando Pandora misma, por voluntad, quizo sentir el sabor de su sexo. El sentir sus labios carnosos rodearle y presionarlo le hizo alcanzar el orgasmo.
Aquellos labios hinchados por los fuertes besos, dejaron escurrir el semen de Radamanthys junto con su saliva, cayendo sobre sus senos.
Como último souvenir, Pandora se deslizó sobre él, pegando sus senos a su vientre tenso, embarrándolo con ese menjurje de sexo mientras buscaba los labios de su amante hasta fundirse en un beso desenfrenado que les quitaba el aliento.
Radamanthys, ahora sobrio, parecía absorto, sin poder decir como sucedió, y aunque ahora se sentía mucho mejor que en los días anteriores, sentía que esto no iba por buen camino.
Pandora se levantó, colocándose la bata de nuevo y atándola, mientras regresaba al tocador a volver a peinarse el largo cabello, mirando el reflejo desnudo de Radamanthys sobre su cama, con expresión dudosa.
– ¿Todavía te consideras decapitado, Radamanthys? – Ella preguntó, peinándose lentamente. Radamanthys contestó con un leve asentimiento sin mirarla todavía. – Entonces tenía razón al recomendarte para la misión que te tengo. Continuó, ahora mirando su propio reflejo, vanidosa, al espejo.
Radamanthys entrecerró los ojos y la miró fijamente, preguntándose qué clase de misión y si este momento tórrido no era más que una forma de comprometerlo a aceptar. Pero Pandora ya sabía que él estaba dispuesto a hacer todo lo que ella le pidiera.
– Son hombre muerto... – Dijo con voz baja y Pandora sonrió complacida, levantándose del tocador y regresando a su lado, para inclinarse y besarlo dulcemente. Pero al abandonar sus labios, una sonrisa maliciosa aformaba las sospechas de Radamanthys.
– ¿Harás lo que te pido? – Preguntó y Radamanthys endureció la mirada, clavándola en sus ojos. Pandora tomó eso como un "Sí." – Tráeme la cabeza de Atena... y seré sólo tuya. –
Y eso fue para Radamanthys el Wyvern, una verdadera sentencia de muerte.
Pandora x Radamanthys.
Radamanthys...
No hay hombre en este mundo o en el otro que se asemeje a él.
Porte, elegancia, seriedad, inteligencia, severidad. Todo don positivo, usado para el beneficio de un mundo decadente. El averno del Hades.
Juez y verdugo, siempre alerta, siempre correcto. Nunca vacila, nunca duda de sus capacidades. Éste es el Wyvern, el ancestral Juez del Caina, puesto al servicio de Hades por el Olímpico Zeus mismo, junto a Minos y a Aiacos, el Triunvirato supremo y dirigido por el mismo Radamanthys.
No hay en este mundo y el otro, un hombre con la cabeza más fría y bien puesta sobre los hombros.
Pero incluso los hombres escogidos por los dioses, pueden terminar sin ella.
El retorno de Hades era un evento que todos, ansiosos, esperaban. Fue su compañía lo que nadie se imaginaba, que llegaría con el dios y mucho menos Radamanthys, que al verla la primera vez, le pareció tan fría y muerta como el mismo dios. Hermanos, y ella era su más fiel sirviente ahora.
Los jueces se vieron obligados a obedecer a una mujer, que Hades puso sobre todos.
Hermana, confidente, cómplice y posiblemente, amante.
Era el rumor que se esparcía por todo el Inframundo y por lo mismo, los Jueces se sentían rebajados y humillados, pero obligados a obedecer.
Los años pasados bajo las órdenes de Pandora fueron años aciagos. No había día en el que Radamanthys no maldijera su suerte y empezaba a perder los estribos al ver que una mujer le hacía perder el poder que tenía sobre los sirvientes de Hades.
Sin embargo, su cabeza seguía en su lugar y su mente continuaba lúcida. Y los años traían consigo al tiempo, que comenzaba a pesar la soledad del Wyvern. El whiskey le traía momentos de paz, en sus días más nefastos y al mismo tiempo le traía pensamientos que poco a poco le empezaban a abrir los ojos.
El whiskey le revelaba que no era la pérdida de autoridad sobre sus huestes lo que le exasperaba, era el no tener poder sobre Pandora, lo que comenzaba a hacerle perder la cabeza.
Frente a ella, sólo pensaba en complacer a su dios, pero frente al vaso de whiskey, Radamanthys sólo pensaba en complacerse a sí mismo con el cuerpo de Pandora.
Todo empezó con un desvarío de burla. Someterla para hacerle saber que era él, el hombre quien mandaba. Y aquel pensamiento se hizo recurrente y venía a él cuando se entaba en la socuridad de su estudio, en el Caina, a tomar su vaso de whiskey, frío por el hielo, que solo soltaba sus más profundos deseos.
Pandora hablaba de recompensas a los fieles y castigos a quienes se opusieran y Radamanthys, el más leal deseaba una recompensa que no le era posible obtener. A Pandora, para él solo.
Radamanthys se escandalizó cuando su mente lúcida tuvo aquel pensamiento estando sobrio y frente a ella.
En las noches despertaba sudando y agitado por la intensidad de sus sueños dónde él la violaba. No era pesadilla. El sueño en sí, era de lo más gratificante. La pesadilla era cuando despertaba y se encontraba solo en su habitación inmensa y completamente oscura.
La pesadilla era cuando se encontraba con ella y él aparentaba ser distante y marcial. Cuando frente a sus hermanos apretaba los puños ocultos bajo sus brazos cruzados al oirles referirse a Pandora como "La Perra de Cancerbero".
A ellos no les extrañaba que Radamanthys hiciera gestos con la boca. él siempre había sido así de mal encarado. Nadie notaba el cambio en él. Nadie se imaginaba y ni Radamathys quería hacerse a la idea de que se estaba enamorando de Pandora y de su frío caracter.
Era una tortura el pararse junto a ella y sentir su aroma, ver desde su altura el pronunciado escote que dejaba ver la unión de sus senos blancos y abultados que se movían provocativos cuando respiraba.
Por escasos segundos, Radamanthys cerraba los ojos para calmar su ansiedad, escuchando su voz aguda, susurrante, oyendo como pronunciaba su nombre para obtener de nuevo su completa atención.
Su cabeza ya no parecía estar tan firme sobre sus hombros, como antes. Pero al menos podía controlarse mientras no tuviera el whiskey encima.
Los sueños cambiaron. Ya no violaba a Pandora. Ahora era ella quien se ofrecía completamente a él. Era ella la que abrazaba su cintura con sus muslos, apretándolo contra su cuerpo y extendía sus brazos para sujetar su cuello y atraerlo hacia sus senos, estremeciéndose con lánguidos gemidos al sentir su boca contra la piel de la aureola que rodeaba sus pezones.
Entonces Radamanthys despertaba. Tragaba saliva pesadamente y descubría que sus manos ya no podían traerle paz en esos momentos nocturnos.
Se levantó esa noche, caminando por los pasillos del Caina, vestido con solo el pantalón de la pijama de satín negro, con la bata abierta hacia su estudio y fue directo a su botella de whiskey.
Tomó hasta que la cabeza se le despejó de preocupaciones, a liberarse de la represión y su rectitud, en la soledad que siempre le rodeaba.
Las puertas del Caina se abrieron de pronto, dejando entrar a un emisario. Pandora lo había mandado a buscar para hablar con él y Radamanthys se preguntó qué sería tan urgente que exigía audiencia a altas horas de la noche. Se colocó su armadura de Wyvern y se dirigió al castillo Helstein. Iba despreocupado, sin el característico gesto de concentración que tenía siempre. Esta noche tenía unas copas de más e inconsiente de lo que pudiera provocar.
Así llegó al castillo, entrando sin dejar que lo guíen o lo anunciaran, caminando directo a las habitaciones de Pandora. Ella esperaba a que le avisaran de su llegada para ir al salón principal a recibirlo y hablar del tema concerniente, pero le tomó por sorpresa, oír las puertas abrirse de golpe y cerrarse igual, mientras peinaba su largo cabello negro, viendo el reflejo de Radamanthys por su espejo y alertándole de su presencia detrás de ella.
Volteó sobre la silla de su tocador, con gesto inesperado por la repentina llegada y supuso que estaba enojado por sacarlo de Caina a media noche.
– Bienvenido, Radamanthys de Wyvern. Te mandé llamar, pero esperaba verte en la sala común. ¿Qué impulso te ha hecho venir hasta mis habitaciones? – preguntó, volteando de nuevo hacia su espejo, para terminar lo que hacía. Peinarse pacientemente.
– ¿Impulso? – Preguntó él, frunciendo el ceño. – Me llamaste y aquí estoy.–
– Venir hasta mis habitaciones, no es común. – Dejó el peine de marfil e incrustaciones de oro sobre el tocador y se levantó, dejando ver a Radamanthys que ella seguía con su batón de noche. Contuvo el aliento mientras le veía tomar la bata que cubría la transpariencia de su batón, dejándole ver en el proceso la abertura del primero y la pequeña prenda que llevaba puesta, de encaje negro como todo el conjunto. Pandora amarró el listón de su bata por delante y se aproximó a él, acomodando su largo cabello sobre su hombro para dejarlo caer hacia adelante, logrando que el Wyvern tenga de nuevo toda su atención en ella.
– Te llamé para confiarte una misión. tu lealtad hacia nuestro señor me impresiona y sólo por eso te considero digno y apto para lo que voy a encargarte. – Ella miró sus ojos fijamente, sin vacilar en ningún momento.
– Mi fidelidad tiene motivos lejos al amor hacia nuestro señor. – Confesó, logrando que Pandora vacilara y diera un paso hacia atrás mirándole cuestionante.
– ¡Insolente! – Exclamó con voz susurrante y mirándole con severidad. – ¡Tu respuesta no me complace! –
– ¡Estoy harto de complacerte con obediencia! – Sujetó el brazo de Pandora y esta intentó soltarse tan solo una vez. Sus ojos ahora denotaban sorpresa.
– ¡Has perdido la cabeza! - Esta vez, su voz perdió la cadencia de la solemnidad que siempre la acompañaba.
– Hace tiempo que ando sin ella... – Y dicho esto, la sujetó de la cintura sin pensar en las consecuencias y con su mano libre sujetó su mentón para levantar su rostro y examinarla a conciencia, deleitándose con su cálido aliento que exhalaba su boca y el olor que se desprendía de su pelo recién lavado.
– Yo soy el Juez del Caina... y yo mismo me he sentenciado a ser decapitado por mis deseos. – Dijo en voz baja y grave, sabiendo que Pandora podía escucharle claramente por la proximidad. Con eso dicho, acabó con el espacio que separaba sus rostros y la besó con intensidad. La pasión que por durante años fue ocultada bajo su yelmo, hoy se desbordaba en sus manos que recorrían la espalda y cintura de Pandora, deleitándose con el tacto de la seda contra sus dedos, sabiendo que bajo ella no había mas que su piel erizada. Estaba complacido de ver que no era rechazado, por lo que no se detuvo y continuó. – Tú hiciste que pierda la cabeza... – Susurró contra sus labios rojos y entreabiertos que exhalaban la calidéz que resguardaban.
Las manos de Pandora subieron por los brazos de Radamanthys, alejádose lentamente mientras deslizaba sas manos hacia las de él y lo jalaba suavmente hasta sentarlo sobre su cama. Le qutó el casco y las hombreras, ordenándole que se quitara el resto de la armadura y él obedeció.
Lo recostó a su lado, acariciando sus cabellos rubios, portándose dulce. Radamanthys encontró en su dulzura una paz más profunda de lo que su fiel whiskey le traía.
Lentamente desató el cinto de la bata y sus manos se colaron bajo ella, descubriendo su vientre y sus piernas, encontrando el encaje negro de su batón que aún cubría su pecho. Sus dedos se apretaban contra la piel blanca que se estremecía delicadamente al tacto de sus manos calientes. La atrajo más, hundiendo su rostro contra su pecho, besando sobre el encaje negro que la cubría aún.
Una de sus manos bajó por su cadera, acariciandola, apretando su muslo y haciendo que se flexionara para que su pierna se enredara contra su cintura.
Pandora dejó su cabello para bajar sus manos hasta su propio pecho, desatando los listones que ataban el encaje y descubrir su cuerpo, semidesnudo, siendo ahora, sólo la pequeña tanga lo que no dejaba ver su desnudéz completa.
Radamanthys la sujetó con mas fuerza, acercándose más para besar su largo y delgado cuello, sintiendo sus senos calientes, presionarse contra su cuello y su pecho. La suavidad de su cuerpo estremeciéndolo y los suspiros de aquella mujer le despertaban el deseo con más fuerza.
Pandora lo empujó hasta recostarlo boca arriba en la cama, montándose sobre él y pasando sus manos crispadas por el pecho, arañándolo suavemente, dejando que el peso de su cuerpo se concentrara sobre la cadera del Wyvern, excitándole con el calor de su entrepierna y los movimientos constantes que ella efectuaba sobre él.
Radamanthys era sirvient de Hades, pero era devoto de una sola diosa. Su diosa, su amor. Pandora.
Ella lo besaba. Su pecho, su vientre. Sus delgados dedos se deslizaban por su cuerpo mientras las manos de Radamanthys la apretaban de la cintura, haciendo que sus sexos se presionaran y se estimularan con rozes, aun cubiertos con las prendas que los ocultaban, aún.
Hasta que Radamanthys quiso más. La llevó de nuevo contra la cama y la besó con fuerza. El ímpetu de su pasión mientras ella comenzaba a jadear. Ella trató de responder igual, enredando sus dedos nuevamente en su pelo haciendo que Radamanthys bajara lentamente, beso por beso hasta su pecho, atrapando con sus dientes un pezón, mordiéndolo suavemente. Pandora musitó suavemente un gemido de placer y eso fue suficiente para animar a Radamanthys a continuar. Bajó la mano, acariviando el vientre de Pandora que se hundía por la respiración agitada y se detuvo hasta dejar su mano sobre el Monte Venus, apretándolo con fuerza. Ella reaccionó abriendo más las piernas y flexionándolas para dejar expuesta su entrepierna vestida aún de encaje negro.
Los dedos del Wyvern bajaron un poco más, presinando sobre el encaje, moviendo sus dedos de forma circular hasta que sintió la humedad brotar y humedecer el encaje.
Su boca se entretenía vigorozamente en su pecho, haciéndola arquearse y echar la cabeza hacia atrás.
Lentamente sus dedos se metieron bajo el encaje y tuvo contacto con el ardiente y húmedo sexo de Pandora, quien aumentó el volumen y el agudo de sus gemidos.
Poco a poco fue presionando, concentrándose en lo que sus dedos sentían al tacto hasta meterlos y moverlos. Pandora arañó su nuca y luego clavó sus uñas en sus hombros. Abrió aún mas las piernas, moviendose para que los dedos de Radamanthys entraran más profundo. Al verla desesperada, Radamanthys se reincorporó para abrir su pantalón y dejar salir su miembro, hinchado, rígido y completamente ansioso y dispuesto.
Pandora extendió los brazos para sujetar las manos de Radamanthys y guiarlas hasta la última prenda que la cubría, húmeda y desacomodada.
– Arráncalo... hnn... – Radamanthys tiró los extremos de la prenda hasta reventarlo y despojándola de su ropa por completo. Se acomodó entre sus piernas y Pandora misma estiró sus manos para sujetar y guiar el miembro de Radamanthys hacia la entrada, gimiendo de estremecimiento al sentirlo caliente y duro.
El Wyvern empujó con fuerza y gimió de placer, cerrando los ojos, mientras ella emitía un alarido lángudo por el dolor y el intenso placer que la envolvía.
– ¡Más duro! ¡AAH! – Pidió ella y Radamanthys volvió a empujar, apoyando sus manos contra la cama para poder impulsarse, concentrado la mirada enlos movimientos de cadera que Pandora efectuaba, irguiéndose para poder observar como la penetraba y ella se estremecía humedeciéndose más.
La observó perderse entre los orgasmos que le hacían sacudirse y arquearse, dejando una visión exuisita para Radamanths al ver como sus senos se movían al embestirla. Estiró una mano hasta aferrarse a uno de sus senos, sintiendo entre sus dedos el pezón endurecido a contraste de la carne que lo levantaba. Eran tan suaves y el pezón tan duro como su propio sexo que se movía dentro de ella con vigor.
Durante largos minutos que deseaba fueran interminables, estuvieron efectuando el coito y Radamanthys no daba señas de querer terminar.
La volteó y la penetró por atrás, dejando caer todo el peso de su enorme cuerpo contra ella, mordiendo su cuello para dejar su marca y sus manos apreptaban con más fuerza sus senos, de los que no se cansaba de tocar.
Como en sus sueños, éstos se mezclaban y podía sentir la furia y la intensidad que experimentó al soñar que la violaba, y al mismo tiempo sentía la paz y el gozo del sueño donde ella se entregaba por completo a él.
Entonces culminó cuando Pandora misma, por voluntad, quizo sentir el sabor de su sexo. El sentir sus labios carnosos rodearle y presionarlo le hizo alcanzar el orgasmo.
Aquellos labios hinchados por los fuertes besos, dejaron escurrir el semen de Radamanthys junto con su saliva, cayendo sobre sus senos.
Como último souvenir, Pandora se deslizó sobre él, pegando sus senos a su vientre tenso, embarrándolo con ese menjurje de sexo mientras buscaba los labios de su amante hasta fundirse en un beso desenfrenado que les quitaba el aliento.
Radamanthys, ahora sobrio, parecía absorto, sin poder decir como sucedió, y aunque ahora se sentía mucho mejor que en los días anteriores, sentía que esto no iba por buen camino.
Pandora se levantó, colocándose la bata de nuevo y atándola, mientras regresaba al tocador a volver a peinarse el largo cabello, mirando el reflejo desnudo de Radamanthys sobre su cama, con expresión dudosa.
– ¿Todavía te consideras decapitado, Radamanthys? – Ella preguntó, peinándose lentamente. Radamanthys contestó con un leve asentimiento sin mirarla todavía. – Entonces tenía razón al recomendarte para la misión que te tengo. Continuó, ahora mirando su propio reflejo, vanidosa, al espejo.
Radamanthys entrecerró los ojos y la miró fijamente, preguntándose qué clase de misión y si este momento tórrido no era más que una forma de comprometerlo a aceptar. Pero Pandora ya sabía que él estaba dispuesto a hacer todo lo que ella le pidiera.
– Son hombre muerto... – Dijo con voz baja y Pandora sonrió complacida, levantándose del tocador y regresando a su lado, para inclinarse y besarlo dulcemente. Pero al abandonar sus labios, una sonrisa maliciosa aformaba las sospechas de Radamanthys.
– ¿Harás lo que te pido? – Preguntó y Radamanthys endureció la mirada, clavándola en sus ojos. Pandora tomó eso como un "Sí." – Tráeme la cabeza de Atena... y seré sólo tuya. –
Y eso fue para Radamanthys el Wyvern, una verdadera sentencia de muerte.
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